La pelirroja y el negro, por LEGALMORBO(legalmorbo@gmail.com)




  ℹ ℹ ACLARATORIA  ℹ ℹ

El siguiente contenido es puramente ficticio y no debe ser interpretado como información real, precisa o veraz en ningún sentido. Todas las afirmaciones, nombres, fechas, eventos y detalles presentados a continuación son producto de la imaginación y creatividad del autor y no tienen ninguna relación con la realidad. Cualquier coincidencia con personas, lugares o situaciones reales es pura casualidad. Este contenido se crea con fines de entretenimiento y no debe ser tomado en serio ni utilizado como fuente de información confiable.

Juliana abandonó apresurada el club nocturno, molesta y decepcionada con su novio que decidió no ir tras ella. Al salir se topó con dos hombres de seguridad, altos y de buen cuerpo los cuales hicieron un intento por llamar su atención, pero fue en vano, la joven veinteañera estaba furiosa, al borde de la erupción cual volcán y lo único que deseaba era desaparecer de aquel lugar.

Al salir al exterior se sintió invadida por el frío clima que tanto le incomodaba. Recordó lo que un pretendiente le dijo una vez: «las pelirrojas son más sensibles al frio, también al calor». Quizá el joven tenía razón, el frio la incomodaba demasiado, además, iba muy ligera: un vestido corto de color verde, con tirantes; zapatos deportivos blancos sin calcetines.

Con el pasar de los minutos se dio cuenta de que «el muy estúpido» de su novio no iba a salir a encararla lo que la llevó a maldecir para sus adentros. Acababan de pelearse, le había visto flirtear con otra, motivo suficiente para entrar en cólera. Cuando este se vio descubierto hizo el típico gesto de «¡joder! acaban de pillarme», ella se quedó mirando desde la distancia, luego se marchó segura de que él iría tras a ella a buscar el perdón.

Decidió irse a casa, el desinterés de su novio confirmaba una vez más que la relación iba de mal en peor; al llegar a casa le llamaría para romper con él. «Es un imbécil», pensó.

El local era pequeño, ubicado en una de las calles del centro de la ciudad, frente a un pequeño edificio residencial. Había una fila de autos estacionados en ambos sentidos de la calle, una pareja se daba amor recostados al capó de uno de estos. Llamó a su mejor amiga para que viniera a buscarla, pero la llamada no cayó, era un poco más de la medianoche, debía estar durmiendo. Decidió entonces caminar hasta llegar a la avenida.

Al verse sola se habló así misma mientras esperaba que apareciera un taxi.

—Ya no te soporto, Eugenio. ¡Lo único que sabes es meter la pata y no es la primera vez que me haces esto, así que basta!  ya estoy hasta el gorro, esto se acabó, ni una más.

Hacía más de cuarenta minutos que Frank daba rondas por las calles del centro de la ciudad, pero aún no daba con su presa, todo parecía indicar que no tendría suerte esa noche. Decidió tomar la avenida principal e ir lentamente, observando hacia ambos lados en búsqueda de una posible víctima. Fue entonces cuando vio a unos 50 metros a una jovencita de cabello largo que daba pequeños pasos de un lado a otro y que parecía hablar sola.

Disminuyó la velocidad y se fue orillando hacia el lado donde estaba la joven, lentamente, esperando que esta le hiciera señas, ya que su vehículo llevaba un casquete de taxi.

Al llegar a ella se detuvo, pero la joven no hizo señas a pesar de notar su presencia entendiendo así que la muchacha no estaba a la espera de ningún taxi.

Miró hacia los lados, observó por el retrovisor, vio hacia adelante. Estaban a solas, completamente a solas, no había personas a los alrededores, no había autos ni delante ni detrás ni alejándose ni aproximándose. «Perfecto», dijo para sí mismo.

Bajó del automóvil con rapidez y total seguridad de lo que haría, se aproximó a la joven que se le quedó mirando al ver que venía hacia ella y a pesar de que tuvo una leve sospecha de que algo no andaba bien se quedó inmóvil mientras el hombre alto y de piel oscura se acercaba cada vez más a ella mirándole directamente a los ojos sin vacilar.

Entonces sucedió. El hombre se abalanzó sobre ella rodeando su cintura con el brazo, y con una de sus grandes manos le tapó la boca con tal fuerza que ella sintió dolor al tiempo que se vio imposibilitada de emitir sonido alguno de auxilio.

Sintió tanto miedo que le sobrevinieron unas ganas inmediatas de hacer pis, el corazón latió más fuerte, parecía que emergería del pecho cual alien. En cuestión de segundos se vio en una lucha inútil intentando evitar que el hombre la introdujera en el auto, pero él era más fuerte y ágil.

Una vez que el hombre la arrojó en el asiento trasero la amenazó:

—Si gritas te mato —le advirtió apuntándole a la frente con un revólver y despojándola del teléfono móvil.

Tal frase le infundió un terror más grande que el que había sentido un minuto atrás cuando se vio minimizada siendo llevada en brazos hasta el auto.

Juliana temblaba de miedo, sentía el corazón a mil y las ganas de orinar le presionaban la entrepierna, pero se contuvo de gritar, aterrada por la amenaza de su raptor y la imagen fresca del revolver apuntando su frente.

Velozmente, el hombre ya se había acomodado en el asiento delantero encendiendo el auto. Juliana intentó escapar quitando el seguro, pero se dio cuenta de que sería imposible ya que la puerta estaba sellada y sintió miedo de probar con la otra puerta por donde la había introducido el hombre que ahora ponía en marcha el automóvil llevándosela a rumbo desconocido.

Temió por su vida, adivinando las intenciones de su raptor. Lo tenía más que claro: iba a violarla, luego la mataría.

Irónicamente, el hecho de saber que ese podría ser su final hizo que pasara de la sensación de pánico a una aparente sensación de tranquilidad, había que manejar la situación, debía calmarse y buscar la forma de salir con vida.

—Por favor, no vayas a hacerme daño, ¿a dónde me llevas? —le tuteó ella.

Juliana entendió que debía entablar una conversación con su raptor, conocer sus verdaderas intenciones y llegar a un acuerdo que beneficiase a ambos.

—Qué voz tan dulce tienes, muñequita —dijo el hombre, mirándole a través del retrovisor—. Te llevo a mi casa y no te preocupes que no te voy a hacer daño. ¿Qué edad tienes?

Era un hombre alto, de piel muy oscura, su rostro no era agraciado, su cuello era grueso, su nariz destacaba, tenía los labios grandes, unos ojos negros, brazos musculosos llenos de venas, manos grandes, dedos largos y ásperos al igual que la palma de las manos.

—Veintitrés.

—¿En serio? —preguntó sorprendido—. Te había calculado 19. Eres muy bella y te ves mucho más joven.

«Gracias», pensó decir ella, pero se abstuvo, no tenía sentido agradecerle un cumplido a un hombre que acababa de raptarla.

—Seré sincero contigo, preciosa —dijo el hombre—. Escúchame atentamente. No tengo interés alguno en hacerte daño a menos que no te apetezca colaborar conmigo, te hagas la lista y me hagas molestar. Solo quiero disfrutarte por un momento, en otras palabras: quiero hacerte mía, solo mía. No opondrás ninguna resistencia, dejarás que me deleite con tu hermoso cuerpo, pondrás de tu parte para dejarme satisfecho y luego, prometo que volveré a llevarte yo mismo al lugar donde te rapté.

Juliana no daba crédito a sus oídos, pero a pesar de saber lo que le esperaba se sentía tranquila. En muchas de sus fantasías, sueños húmedos o pesadillas, había vivido escenarios en los que sufría un rapto y la consiguiente violación a manos de su captor. En ellos se veía luchando, gritando aterrada intentando liberarse de las manos de quien la deshonraba hasta saciar sus más oscuros pensamientos, pero ahora que la pesadilla se tornaba real la situación era totalmente diferente. No estaba gritando, ni llorando, ni aterrada porque iban a violarla ni mucho menos pensando en luchar contra su raptor. Había tomado una postura sumisa, dispuesta a colaborar con tal de salir viva, había aceptado su desafortunado destino.

Frank llevaba un buen tiempo raptando a jovencitas en distintas partes de la ciudad y en diferentes horarios, cada una reaccionaba de un modo distinto al momento del rapto, unas más enérgicas e impulsivas que otras, luchaban con todas sus fuerzas, pero ninguna logró tener éxito ante él. Todas terminaban en el asiento trasero. Se vio en la obligación de amordazar y atar a las que más ofrecieron resistencia, pero el destino fue el mismo para todas las anteriores a Juliana.

—No eres la primera —le hizo saber—, y créeme que cuando digo que es mejor que colabores conmigo es por tu bien ya que hubo algunas que quisieron pasarse de listas y les fue muy mal. Solo tendremos un momento de intimidad, esta noche serás mi mujer, quieras o no quieras y va a depender de ti volver a estar en el lugar donde te he raptado. ¿Entendido?

Juliana asintió con la cabeza, mirando hacia sus zapatos.

Recordó que hacía menos de 30 minutos estaba con su novio dentro del club, bailando, tomando licor, se culpó a sí misma por ser tan impulsiva y haber abandonado el lugar y caminado sola hasta la avenida conociendo los riesgos. Luego cambió de idea, no era su culpa, era la culpa del idiota de su novio por ser un imbécil mujeriego que cada tanto tiempo le montaba una escena desagradable con otras mujeres, por su culpa ahora estaba a punto de ser violada por un negro desagradable que iba a hacer con ella lo que le diera la gana.

—Maldito!

—¿Qué dijiste? —dijo Frank aun sabiendo lo dicho por ella

—Mi novio es un imbécil, por su causa estoy aquí

—Tranquila, nena, todo pasa por algo, el destino te ha traído a mi, ya verás que la pasaremos tan bien que olvidarás a tu noviecito. ¿Cómo te llamas?

Juliana guardó silencio.

—Bueno, ya estás comenzando mal, luego no te quejes si...

—Juliana —interrumpió ella alzando el tono de voz—, me llamo Juliana.

—Hermoso nombre para tan hermosa mujer.

Una vez más Juliana pensó en agradecer el cumplido, pero prefirió guardar silencio al tiempo que miraba por la ventana percatándose de que estaban entrando a una zona de la ciudad conocida por su aguda pobreza y actividad delictiva.

El terror invadió nuevamente a Juliana al suponer que el hombre que iba a violarla era sin ninguna duda un delincuente, tal vez el cabecilla de una banda de rateros, roba bancos o secuestradores o peor aún, un violador y asesino serial.

¿Qué tal si el hombre estaba mintiendo y la violarían en grupo? ¿Debió luchar contra él? ¿Debió intentar escapar cuando tuvo la oportunidad de hacerlo? Ya era tarde, pensó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y una de estas descendió por la mejilla.

—Dios, guárdame de todo mal —dijo con voz débil y triste.

Las calles transitadas en el barrio al que acababan de ingresar lucían oscuras, la mayoría de los postes reflejaban una luz muy leve y mortecina, otros simplemente estaban en pésimo estado, con los faros rotos. El asfalto lleno de baches, había basura tirada en el suelo de casi todas las aceras, se oían perros ladrar por todos lados, Juliana nunca había estado en un lugar como tal, solo había oído comentarios y visto noticias por la televisión.

Llegaron a un callejón en el que Frank detuvo el auto e inmediatamente se acercaron a él un grupo de hombres de diferentes edades, unos descalzos, otros sin franelilla, dejando al descubierto sus cuerpos flácidos, llenos de tatuajes, había un grupo que jugaba dominó en una mesa y se oían los gritos eufóricos cuando una de las parejas salía vencedora, otros bebían licor y fumaban recostados a la acera, uno de ellos tenía un arma.

Uno a uno se fueron acercando a la ventana a saludar a Frank, todos se percataron de la presencia de Juliana en el asiento trasero.

Oyó las pláticas, hablaron de ella casi todos, dijeron cosas desagradables, se rieron, felicitaron a Frank y le decían:

—No te olvides de compartir

Juliana sabía que se referían a ella, habían notado su belleza, habían hecho comentarios sexuales. Juliana cerró los ojos, deseando despertar de una pesadilla que aún no comenzaba.

—Son mis amigos —dijo Frank girándose hacia ella.

Juliana abrió nuevamente sus ojos y se dio cuenta de que todos los hombres se habían alejado del auto.

—Ahora saldremos del auto, vendrás conmigo a casa. Ya sabes, si te pasas de lista te va a ir muy mal. Mira a todos estos hombres flácidos y desaliñados, tienen hambre de ti. Lo único que les impide llegar a ti soy yo. Así que piénsatelo bien antes de hacer algo que no me vaya a gustar. Estás en la boca del lobo. Saldrás conmigo y te comportarás como mi mujer.

Juliana volvió a temblar de miedo y entendió que estaba en manos de un enfermo y que sus esperanzas de volver eran casi inexistentes. Se encontraba a merced de ese hombre y probablemente cuando este se cansara de ella la entregaría a sus amigos. La única esperanza que tuvo de sobrevivir a lo que supuso que vendría a continuación fue encomendarse a Dios.

El hombre bajó del auto, luego le abrió la puerta trasera a la joven y le hizo seña para que saliera.

Juliana se encontraba arrinconada a la puerta sellada, pero obedeció de inmediato a su raptor, tenía mucho por perder si elegía rebelarse, fracasaría en cualquier intento de huir, pensó.

Una vez fuera del auto, él la tomó de la mano y dio unos pasos hacia la puerta trasera, el maletero. Allí empezó a manosear a Juliana con mucha delicadeza. Juliana temió lo peor e intentó mantener la calma. El hombre continuó manoseándola, ahora le deslizaba sus ásperas manos por sus desnudos brazos, sus hombros, el cuello, hasta que ella sintió que una mano hurgaba en su entrepierna.

—Por favor —rogó ella en voz muy baja, que solo él le oyera—, aquí no, no delante de esta gente.

No se atrevió a mirar a su alrededor, pero podía sentir al grupo de hombres acercarse a ellos, estos comenzaron a hablar entre sí del espectáculo que Frank pretendía obsequiarles.

—Se la va a culear —dijo uno

—Maldición, es una preciosidad —dijo otro

Se fueron acercando uno a uno hasta quedar a pocos metros de la pareja mientras proferían vulgaridades entre risas y se desenfundaban el pene.

Frank se colocó detrás de ella y continuó hurgando su entrepierna por lo que Juliana quedó frente al grupo de hombres que les rodeaban y se jalaban la polla. Ella intentaba disimular la incomodidad que le generaba la mano del hombre que hurgaba su sexo, ya que había metido la mano por debajo de la tanga, pero el negro sabía muy bien lo que hacía.

De repente y de un tirón vio como su captor bajó su tanga roja hasta los tobillos y le subió el vestido hasta la ingle quedando su entrepierna al descubierto.

Ella gimió del susto y del desacuerdo por haber sido despojada de su prenda íntima entonces se cubrió el sexo con ambas manos

—No me hagas molestar, preciosa —le susurró Frank al oído—, aparta tus manos ya mismo.

Ella obedeció dejando a la vista de todos, su vulva totalmente depilada.

Se escucharon aplausos y gritos en aprobación por lo que acababan de presenciar

—Vamos! rómpele el culo ya a esa puta

—Sí, venga, voy segundo

—Yo tercero

—Cuarto

—Quinto

Uno a uno fueron anunciando su turno

—Diecisiete —dijo el último de ellos

Juliana fue recostada al maletero del auto, un auto de los años 80, con un amplio maletero, tan amplio que fácilmente Juliana podía recostar completamente el torso pero no fue esta la posición en la que quedó. Estaban ambos de pie, Juliana posó sus manos encima del auto y en cuestión de segundos sintió su sexo invadido levemente por el pene de su captor.

Las risas y obscenidades volvieron. Frank se había desprendido de sus pantalones hasta los tobillos y empezaba una pausada penetración a la joven que fijaba su mirada en el vidrio trasero del auto.

Juliana notó que el pene que invadía su sexo no era cualquier cosa, se sintió llena y adivinó su grosor y longitud, pues, la cosa cada vez se hundía más en ella, adhiriéndose con mucha presión a las paredes de su vagina. Pensó en suplicarle que se colocara un condón, pero tuvo miedo de que el hombre se molestara. Se encomendó a Dios que aquel hombre no la contagiase de una rara enfermedad.

Fue penetrada durante un par de minutos en esa pose mientras oía todo tipo de obscenidades, aquellos hombres alentaban a Frank a ser más violento con ella.

Este dejó de penetrarla y le hizo señas con el dedo índice, pero al ver que la joven dudó, Frank le dijo:

—Agáchate, nena. Chúpame la verga.

Juliana pudo ver por primera vez la monstruosidad de pene que tenía frente a ella y que segundos atrás había ocupado toda la extensión de su conducto vaginal. Era inmenso y grueso, había superado sus expectativas.

—Qué puta, mira cómo se queda observando —dijo uno

—La mía también es grande, muñeca, ya verás cuando me toque mi turno —dijo otro

A Juliana no le quedó otra que obedecer. Se sentía humillada, quería salir corriendo, gritar a los cuatro vientos en busca de auxilio, pero sabía que sería en vano y no le costó entender que al primer intento de salir corriendo le iría peor, además, a dónde huiría, estaba en una barriada peligrosa, llena de delincuentes y gente de mala vida, si lograba escapar de estos probablemente se toparía con otros con las mismas o peores intenciones.

Cuando Juliana se agachó para succionar la oscura polla de su raptor, tan oscura que parecía un chocolate, incluyendo el glande, este intentó desprenderla del vestido, pero ella se resistió y empezó a rogarle:

—No, por favor, no me desnudes más

Frank se quedó a medio camino, con sus manos jalando del vestido y mirándole directamente a los ojos

—Obedece, muñeca, obedece

Entonces Juliana rendida y con rostro triste levantó las manos lo que facilitó que Frank pudiera despojarla con facilidad de su vestido verde. Juliana quedaba completamente desnuda ante aquellos hombres hambrientos de sexo.

—Qué perra tan divina

—Virgen santísima, qué pedazo de culo

Juliana empezó a succionar el oscuro pene de Frank que gimió al primer contacto con la boca de la joven. Al principio lo hizo con timidez y asco para luego concentrarse en dar placer al hombre. Era inmenso, apenas lograba succionar una cuarta parte del miembro, un poco más y le produciría arcadas, pero al ser ella quien llevaba el ritmo eso no sucedió.

Todos observaban a la joven succionar tal monstruosidad de polla, larga, gruesa y que ahora brillaba debido a los lametones y chupadas de la hermosa pelirroja.

—Ya deseo eyacular sobre su preciosa carita

—Se la voy a hundir hasta la campanilla

Juliana recordó que hacía minutos tenía unas ganas inmensas de orinar, aunque habían disminuido, quizá esa sería su salvación así que le dijo a Frank:

—Quiero orinar, estoy que me hago encima

—¿Qué dijo? —preguntó uno de los que estaba más cerca a ellos

—Sí, ¿Qué dijo la hermosa putita? quiero saber —dijo otro.

—Quiere orinar —dijo Frank mirando hacia al grupo.

Se oyeron risas

—Eso es por la follada que acabas de darle

—Préstame a esa zorra y verás cómo la hago cagarse encima

Hubo carcajadas esta vez.

Frank se hizo a un lado de la joven y le dijo:

—Orina, estos sádicos quieren observar cómo meas. Ahí mismo, agachada como estás.

Hubo risas y aplausos

—Sí, orínate, perra

—Venga, nunca he visto a una pelirroja orinar

—¿Qué esperas, que salga roja? —dijo uno en tono burlista

Las risas continuaron.

Juliana se arrepintió de haberle notificado al negro que deseaba orinar y no tuvo más remedio que complacerlos. Breves segundos después, una línea de orina caía en el asfalto mientras Juliana se mantenía con los ojos cerrados.

Nuevamente se oyeron risas, pero esta vez el centro de atención fue Miguel, uno de los tantos hombres que formaba el grupo. Este se había excitado tanto por ver a la joven orinar que terminó eyaculando y todos se dieron cuenta.

—Hija de puta —dijo mientras eyaculaba al borde de la acera—, mira lo que generas, zorra.

Las carcajadas se acentuaron

—Maldito precoz, no aguantas nada —le dijo Frank desde la distancia.

Miguel fue motivo de burlas durante unos segundos, incluyendo Juliana, aunque para sus adentros. Su novio tenía el mismo problema, aguantaba poco y siempre que llegaba al orgasmo caía rendido de agotamiento y sueño.

Frank decidió que era suficiente espectáculo, no tenía pensado compartir a la preciosa muchacha con sus compinches, a menos que la joven le decepcionara. Tomó el vestido que había quedado encima de la puerta del maletero y se lo entregó a Juliana.

—Vístete, nos vamos.

Los hombres oyeron y empezaron a quejarse al tiempo que veían a la joven subirse de nuevo la tanga y ponerse nuevamente el vestido.

—Venga, Frank, qué pasa, hombre, no seas aburrido

—Sí, Frank, no seas aguafiestas, comparte a esa preciosura con el grupo.

Todos reclamaron, pensaron que sería una noche interesante en la que iban a disfrutar de todos los orificios de la bella muchacha. Frank era el jefe de todos ellos y en ocasiones anteriores había llevado a un par de chicas raptadas a las que violaron en grupo, eso sí, siempre vigilados por él que se aseguraba de que no fueran a extralimitarse.

—Puede que más tarde, aunque no les aseguro nada —les dijo Frank.

Le tenían un enorme respeto. Frank era un hombre inteligente, bien hablado, tanto que no encajaba entre ellos, casi todos flácidos y de mal aspecto, drogadictos, dados al licor y malolientes. Era el cerebro de los delitos que solían llevar a cabo y en todos habían tenido éxito, gracias a él.

Tomó a Juliana de la mano y se encaminó con ella por una vereda despidiéndose del grupo.

Ella caminó junto a él, cabizbaja, agradeciendo a Dios en silencio, pues, sentía que era Dios quien la había sacado de aquel foso de leones hambrientos, aunque seguía en manos de su captor sin saber a dónde la conducía. Recordó lo que le había dicho este durante el trayecto en el auto: «No eres la primera»«hubo algunas que quisieron pasarse de listas y les fue muy mal». Ya sabía a lo que se refería con eso. Su grupo de amigos. Si ella no era la primera y a otras les había ido mal no significaba otra cosa que ser violadas por esa manada de degenerados antisociales.

—Ahora conocerás mi guarida y recuerda lo que te dije: si me haces molestar no dudaré en entregarte a estos desadaptados.

Juliana guardó silencio y cual sumisa se mantuvo tomada de la mano de su captor, como dos enamorados. Caminaron un poco más a lo largo de la vereda, una mujer adulta reconoció a Frank y le saludó desde la puerta de su pieza, lo mismo hizo un hombre de avanzada edad del otro lado de la vereda. Saludó a ambos y luego entró con la joven por un pasillo hasta dar con una puerta de hierro.

—Aquí vivo —dijo el negro.

Quitó el seguro a la puerta metálica y la invitó a pasar. Juliana muy obediente ingresó a la pieza, Había una cama matrimonial al fondo, un pequeño refrigerador, una cocina, una lavadora y demás cosas de uso personal. Hacia la derecha había una puerta de madera, la del baño.

Era una habitación de aspecto muy humilde, típico de las personas que residen en barriadas. Ella era una joven de clase media, acomodada, nunca en su vida había estado en una habitación de gente de bajo strato social, la diferencia era considerable.

Oyó el ruido de la puerta cerrarse y al darse la vuelta hacia él este la tomó del vestido y se lo quitó nuevamente lanzándolo a la cama, lo mismo hizo con la tanga y ella no ofreció ninguna resistencia a tal humillación.

Se quedó frente a ella observándola de arriba abajo.

—Eres una belleza de mujer. Qué buenas caderas tienes.

Juliana no supo que decir, pero se sonrojó por el cumplido, nadie le había hablado de ese modo, nadie la había mirado como ese hombre lo hacía.

Empezó a manosearla nuevamente, mordió levemente sus hombros, lamió su cuello y al llegar a su boca la besó profundamente y ella se vio obligada a corresponder al beso. El hombre besaba demasiado bien, tanto que el beso le produjo una leve excitación, pero este apartó su boca y continuó explorando su cuerpo. Chupó sus pechos al tiempo que los amasaba con sus grandes manos, luego se los pellizcaba mientras volvía a besarle profundamente. Literalmente se tragaba su boca, pues, la boca del negro era grande y amplia.

Le hizo señas y ella entendió, se agachó y empezó a succionar el enorme pene. Esta vez lo hizo mucho mejor, dedicándose a satisfacer al hombre, no quería vivir la humillación de ser violada en grupo así que comprendió que lo mejor era complacer al jefe, ese era el menor de los males.

Se afanó en chuparle bien la verga, se produjo arcadas ella misma con toda la intención de agradar a su raptor y que este se desentendiera de la idea de compartirla con sus desagradables amigos.

—A la cama —le hizo señas

Ella se levantó y se dirigió hacia la cama recostándose boca arriba.

Frank se inclinó hacia ella y metió toda su cara en su sexo.

—Mira como me como tu coño sabor a orina, a dioses, a sexo, tienes un coño delicioso.

Los siguientes minutos Juliana experimentó un gran placer, el negro se destacó chupándole el coño de todas las formas posibles lo que generó en ella satisfacción absoluta.

—Gime con libertad, entrégate al placer —dijo el negro en una pausa.

No se detuvo hasta que sintió que la joven se estremecía alcanzando un leve orgasmo.

En ese momento se levantó, se subió a la cama y la penetró con brusquedad.

—Por favor —suplicó ella

—Dime

—Ponte condón, te lo pido

—¿Es en serio, preciosa? No pretenderás que voy a privarme de disfrutar tu coño al natural. Voy a metértela a pelo, solo relájate.

Juliana gimió nuevamente y notó que el grueso pene del negro entró con absoluta facilidad en su coño, se sintió completamente llena a pesar de que aún quedaban centímetros de pene fuera.

El negro la penetró a un ritmo alocado haciéndola gemir sin descanso. Quedaron cara a cara, ella abierta de piernas recibiendo las embestidas del musculoso hombre que disfrutaba y gemía placenteramente.

La puso a cuatro patas, ahí mismo en la cama y volvió a penetrarla con ímpetu. Juliana la estaba pasando bien con el negro, tanto que deseó el orgasmo y lo consiguió. Semejante polla la violentaba como ella siempre había deseado, con fuerza, con determinación, llenándola completamente, produciéndole sensaciones que nunca antes había experimentado con sus amantes. El negro la tomó de la cintura con fuerza y estrellaba su verga dentro del coño de tal forma que ella sentía que le golpeaba el mismísimo estómago. El ruido del vaivén de semejante verga en su coño la excitaba, el golpeteo de la ingle del negro en su amplio trasero era la música de fondo en aquella humilde habitación.

Juliana se estremecía cada segundo transcurrido, su vagina nunca se había mojado tanto, se oían los chasquidos producto de los fluidos, de la fricción entre sexos, del contacto repetitivo entre ingle y nalgas.

El negro era una máquina, no paraba de abusar de ella y de generarle gran placer a la muchacha que olvidó por un momento su humillante situación, el placer se apoderó de ella, experimento una cadena de pequeños orgasmos, uno tras otro. Perdió la noción del tiempo, aunque sabía que habían pasado varios minutos y la bestia que abusaba de ella parecía no conocer el agotamiento.

Se acostó en la cama y la invitó a cabalgar sobre su verga a lo que ella reaccionó con naturalidad. Comenzó a cabalgar la grosera verga y en esa posición volvió a correrse, esta vez su orgasmo fue mucho más agudo que los anteriores. El negro disfrutó del bello rostro de la muchacha estremeciéndose por completo y gimiendo como una perra en celo.

—Vuelve a correrte —le dijo el negro.

Juliana continuó cabalgando al negro que de vez en cuando tomaba el control cuando ella sentía agotamiento.

Ambos sudorosos con el cuerpo brillante decidieron cambiar de posición, ahora actuaban como dos enamorados, siendo cómplices de las posturas. La volvió a poner en cuatro y la embistió con fuerza una vez más. Juliana gemía de placer, agradecida de que semejante bestia la estuviera llevando al mismísimo cielo en cada embestida.

—Dilo, admítelo. Nadie te había hecho sentir tan mujer como yo.

Juliana guardó silencio, aunque le dio la razón al negro. El desgraciado era un buen polvo.

Este continuó embistiéndole durante otro rato más, Juliana le sobrevenían temblores de placer, pero el negro no se detenía, cada vez la penetraba con más violencia sabiendo que la joven estaba en la gloria.

Volvieron a cambiar de pose, sería entonces la última. Quedaron nuevamente cara a cara en la cama, él encima de ella clavándola sin misericordia, esta vez la enorme verga entró completamente produciéndole dolor y placer a la muchacha que disfrutó la agresiva penetración.

Fue en esa intensa y violenta penetración en que el negro no aguantaría más y adivinó que en pocos segundos terminaría eyaculando así que sin detener las embestidas la besó profundamente una vez más hasta que sintió que se corría. Se levantó ágilmente, buscó el rostro de la muchacha y le bañó la hermosa cara de abundante semen. El negro gemía del dolor que le producía la desmesurada eyaculación, la cara de la pelirroja quedó tan embadurnada de semen que no pudo abrir los ojos.

—Dúchate —le dijo—, debo llevarte de vuelta.

Juliana obedeció. Mientras se duchaba rogó a Dios que el hombre no estuviera mintiendo, le aterraba la idea que al salir de allí él la entregara a sus amigos que sin ninguna duda estarían esperando por ella.

Cuando estaban a punto de abandonar la habitación ella, ante la duda que le carcomía el pensamiento le preguntó:

—¿Me entregarás a ellos?

—No —dijo él, seriamente. No lo haré, confía en mí.

Salieron tomados de la mano, caminaron desde el pasillo a la vereda, de la vereda al callejón donde aún permanecía el grupo de hombres tomando licor, algunos se habían marchado a sus casas.

Cuando se percataron de la presencia de Frank y de la pelirroja se pusieron alerta esperando la invitación de este, deseando que se las ofreciera, pero no sucedió. Frank abrió la puerta del auto a la joven como todo un caballero, luego subió al auto y se marcharon. Sus amigos no dijeron nada, solo dieron la espalda decepcionados de que la la larga espera había sido de balde.

Juliana se había librado de una violación en masa, tenía la corazonada de que el hombre cumpliría su palabra y la llevaría de vuelta al lugar donde la había raptado.

—Ojalá la próxima vez no tenga que raptarte —le dijo él cuando ya estaban a metros del lugar—. Sí, lo sé, soy un degenerado, te he raptado y no has tenido otra opción que someterte a mí, pero sé que disfrutaste mucho, demasiado diría yo. Este es mi número —le dijo, entregándole un papel-, dudo que me llames, pero si lo haces me aseguraré de que pases la segunda mejor noche de tu vida.

Habían llegado al lugar, Juliana esbozó una sonrisa forzada y bajó del auto, incrédula de que el hombre que acababa de violarla la hubiese traído de vuelta. El hombre se marchó y Juliana siguió pensativa, no dando crédito a lo que acababa de experimentar. Acababan de abusar de ella, lo había permitido sin ofrecer resistencia alguna, lo había disfrutado y por absurdo que le pareciera sintió extrañar a su raptor.

Al día siguiente había superado el síndrome de Estocolmo que la mantuvo en vela durante la madrugada. Era cierto que había disfrutado, había experimentado con él el mejor polvo de su vida, pero a pesar de ello no iba a permitir toparse de nuevo con él. Tocaba guardar el secreto y seguir adelante con su vida. Le sería imposible borrar tal experiencia de su cabeza, una experiencia humillante, aterradora y al mismo tiempo placentera. Le tomaría un buen tiempo digerir lo que le aconteció aquella noche, tiempo en el que Frank continuaría con sus fechorías saliéndose con la suya.

ʟєɢaʟʍoʀв©

PD: Relato resubido, levemente editado.

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